Sobre el caos
Qué bonito es planificar. El proceso de escribir punto por punto los pasos a seguir pensando que la vida te los va a poner en bandeja para que tú, que los has decidido, puedas cumplirlos también. Es casi tan guay como irreal.
A 48 horas de volar a Melbourne bombardearon Doha. No era la primera vez que cerraban su espacio aéreo. Parecía algo rápido. O al menos eso pensé para quitarle hierro al asunto.
Era sábado, mi vuelo hacia el primer Gran Premio de Fórmula 1 de la temporada despegaba el lunes y yo debía estar en Australia como tardísimo el miércoles. Spoiler: salió mal.
“A los pilotos no les dejan volar”
El mensaje llegaba a través de Whatsapp. También lo leíamos en Twitter. Si los pilotos, que son los protagonistas de la historia, no vuelan… Nosotros que somos los narradores, ¿a dónde vamos sin los personajes? En ese momento supimos que estábamos jodidos.
Domingo. 24 horas para el despegue de un vuelo que nunca saldría. Hay que mirar otras rutas. “Podéis ir por Dallas o por Santiago de Chile. Llegaríais justos pero es la única opción” Teníamos que dar la vuelta a la rotonda. Cruzar el Pacífico era la única autopista que nos llevaría a Australia. El personal de Fórmula 1 estaba en la misma situación que nosotros y el segundo vuelo se llenó. Solo quedaba una alternativa: Estados Unidos.
Aterrizamos en Dallas, desconectamos el modo avión y una notificación acabó con la esperanza que nos quedaba:
“Por motivos de mantenimiento, su vuelo de Dallas a Melbourne ha sido cancelado. Tendrán que salir mañana a la misma hora”
Los técnicos y yo estábamos atrapados en Fort Worth, un lugar que solo descubres cuando la aerolínea de turno te paga un hotel hasta que sale el próximo avión. Todo el mundo nos decía que sentía mucho los inconvenientes. Pero no eran conscientes de todo lo que tenían que sentir.
El plan había cambiado. Despegar el día siguiente implicaba aterrizar en Melbourne la mañana del jueves, a horas de hablar con Fernando Alonso y Carlos Sainz en los compromisos habituales del Media Day de la Fórmula 1. Sin margen de error.
Pasamos tres cuartos de día en el aire y yo siento que dormí como una semana.
Me sentía fresco al pisar Australia. Quizá fui víctima de esa medicina que tienen allí contra el estrés. La misma que provoca que mucha gente de mi edad decida marcharse a poner copas al otro lado del planeta en lugar de hacerlo en Cádiz, donde tampoco se puede estar triste. Me dio tiempo a hablar con Sainz pero no le pregunté por eso.
Nos las apañamos para acabar el primer Gran Premio del año sin problemas. El lunes -convencido por mi compañero Tom- me bañé en Santa Kilda, una playa muy bonita donde cada especie que habita en el mar es capaz de matarte. También las que tienen su hogar en la arena.
Todavía con el bañador mojado pasamos la noche en un avión con destino Shanghái. En los siete días que vivimos allí busqué orden. No lo encontré. Creo que por eso me gustó tanto.
Entras a un mercado para comprar una maleta y sales con una cantimplora, la camiseta de un equipo del que no habías oído hablar jamás y una extraña sensación de victoria tras regatear 40 yuanes a un profesional del asunto que -claramente- te ha ganado a ti.
Hay edificios enormes habitados por muy pocas personas, casas pequeñas de donde no paran de salir residentes y uno de los skylines más bonitos que he visto en mi vida precisamente por lo caótico que es.
Ni siquiera hubo orden en la parrilla de salida: el equipo McLaren, vigente campeón del mundo de constructores, retiró sus dos coches justo antes de la salida y no participaron en una carrera que ganó un chaval de 19 años.
Es imposible imaginar un viaje tan caótico como el que vivimos. Lo disfruté mucho. La preparación y el orden siempre han sido mis enemigos así que China me conquistó sin dificultad.
El lunes emprendo una nueva aventura hacia Suzuka, Japón. Cumpliré años allí.
Voy a pedir como regalo una libreta para planificar mi año punto por punto.






Que alegría leerte, y bienvenido a este lado!!
Bienvenido, Diego. Que el caos nos pille leyendo(te).